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Por el 31 octubre 2010 en Atletismo

800 metros planos: Antes

800 metros planos: Antes

Este es un artículo que consta de tres partes que iré publicando durante la semana. A continuación, la primera parte:

800 metros: Antes, durante y después

De todos los deportes que se practican alrededor del mundo, el atletismo, sin duda, es el más demandante. Principalmente en sus disciplinas de pista, este deporte representa un gran sacrificio para aquellos que de verdad quieren triunfar a costa de sus piernas. En ocasiones, a pesar de todos estos sacrificios, muchos atletas no logran sus objetivos, principalmente debido a factores ajenos a la preparación que tuvieron antes de la prueba. Es muy común que las derrotas en el atletismo no se presenten en las piernas, pero sí en la mente, y durante la competencia. La presión antes y después de una carrera puede llegar a ser muy difícil de asimilar para el atleta, y solo aquellos que pueden utilizarla a su favor son aquellos que logran el objetivo de tantos otros corredores. Una meta sencilla, que consiste en llegar en el menor tiempo posible del punto A al punto B.

En todo tipo de carreras se debe tener un grado de concentración elevado, pero existe una prueba en especial que para muchos resulta la más demandante física y mentalmente. Es una carrera fugaz, apenas perceptible en la mente del corredor, en donde aquél que pierde el enfoque en tan solo un instante, es aquél que pierde la carrera. Se requiere de una gran mezcla de velocidad y resistencia para poder terminar el recorrido dignamente. Dos vueltas a la pista de cuatrocientos metros marcan un camino tan complicado que hace sufrir a muchos incluso antes del disparo de salida. Para los atletas varones, a nivel preparatoria, la barrera de los dos minutos resulta la más difícil de superar. La realización de este objetivo resulta un verdadero reto para el cual es necesaria una gran dosis de esfuerzo y sacrificio. Solo las personas que hayan tenido la oportunidad de correr los 800 metros podrán entender todo lo que hay detrás de esos dos minutos de desgaste físico. Valdría la pena describir, desde un punto de vista personal, todo lo que hay alrededor de una competencia que para muchos podría significar la cosecha de meses de entrenamiento y sacrificio. De esta forma, sería agradable tratar de mostrarles a todos aquellos que no han llevado a su cuerpo al límite un poco del ambiente que rodea al corredor antes, durante y después de una prueba tan desgastante como la de los 800 metros, y lo difícil que resulta romper la sólida y famosa barrera de los dos minutos.

Antes

Es difícil saber con precisión el momento en el que el nerviosismo antes de la competencia aparece. Conforme avanzan los días, los entrenamientos se van haciendo cada vez más intensos, al igual que la expectativa previa a la carrera. La última semana antes del Gran Día se caracteriza por ser una semana tranquila, donde las cargas de trabajo disminuyen dramáticamente con la intención de preparar el cuerpo para realizar un esfuerzo tan grande que compensará todo lo que no se hizo en esa semana. Es durante esos últimos días de la etapa previa cuando el atleta comienza a visualizarse en la línea de salida de la pista. Tratando de tomar buena posición desde los primeros 100 metros, llevando la carrera con gran inteligencia, siempre concentrado en estar bien colocado para poder llegar a la última recta con la energía y el corazón suficientes para ganar la competencia. Todos esos pensamientos pasan por la mente del atleta antes del evento, siempre acompañados de un apenas perceptible nudo en el estómago cada vez que la mente acude a ellos.

Durante la víspera de la competencia, la ansiedad llega a un nivel mayor al que se había percibido días atrás. Una especie de paranoia empieza a invadir no sólo al corredor, pero también, en algunas ocasiones, a su entrenador e incluso a sus familiares. Todos comienzan a relacionar todo lo que ocurre a partir de esa noche con el desempeño del atleta al día siguiente. Comienzan a poner demasiada atención en los detalles, sin considerar que nunca lo habían hecho anteriormente durante los entrenamientos. La alimentación resulta crucial para ganar la carrera, resulta indispensable irse a dormir antes de media noche e incluso, en algunos casos, unos nuevos spikes podrían darle la victoria al atleta al día siguiente. Cada detalle se vigila cuidadosamente, como si éstos significaran las centésimas de segundo que harán la diferencia en la carrera. Al final, ninguna de las partes reta al destino, desobedeciendo algunas de estas reglas no escritas en el atletismo, confiando en que quizás esos sean los detalles que le darán la victoria al atleta. Algunos podrían pensar que es difícil conciliar el sueño durante esa noche, pero la concentración es tan grande que, después de algunos minutos de visualizar la carrera por enésima vez, el atleta entra en un sueño tranquilo, sabedor de que quizás ese sea uno de los detalles más importantes que habrá que cuidar para la competencia.

No es difícil despertarse cuando se sabe que sólo algunas horas separan al atleta de la competencia. Se habrá de despertar con una gran dosis de energía recorriendo todo su cuerpo, preparándolo para la carrera. El desayuno, al igual que la cena de la noche anterior, será elegido con cuidado: Fruta, pan dulce, pero nunca lácteos. Restricción probablemente impuesta por el entrenador al final del entrenamiento del día anterior. Después del desayuno, el corredor intentará distraerse. Algún programa de televisión tratará de, infructuosamente,  desplazar los nervios de la competencia fuera de la mente del atleta. Todo lo que se trate de utilizar para aclarar las ideas horas antes del disparo de salida (videojuegos, películas, libros, series, etc.), simplemente alimentará las ansias del corredor para que comience la carrera.

No hay ningún momento que se iguale a aquel en el que el atleta se pone el uniforme de competencia. Es en ese instante, en el que se ve al espejo con el jersey puesto, cuando se da cuenta de que ya no hay marcha atrás. Una sensación de vacío en el estomago se apodera de él cuando se pone el uniforme, sabedor de que en menos de dos horas, torturará a su propio cuerpo con tal de alcanzar un objetivo por el cual no valdría la pena sufrir de esa manera. Pero también, justo al mismo tiempo en que ese frío miedo inunda su mente, un sentimiento de coraje aparece, reanimando nuevamente sus intenciones por ganar la carrera, mezclándose con ese temor al cansancio, para generar una última y casi única sensación de incertidumbre ante una competencia que, inevitablemente, tendrá que ser corrida.

La pista de atletismo, aquella que recorrió el atleta una y otra vez con miras a ese día, se ve mucho más grande de lo que parece. Es difícil creer que sólo mida 400 metros, y más aún el que se pueda correr dos vueltas a un ritmo tan rápido como el de los 800. Esa sensación de pequeñez ante la pista provoca un vacío aún más grande en el estómago del atleta, y por primera vez, justo en el momento de ver a otros corredores competir, una intensa sensación de calor recorre todo su cuerpo; un calor diferente, un calor provocado por el nerviosismo de saber lo que va a doler el correr sobre el rojo tartán, que paciente lo espera, como si se alimentara del sufrimiento de quienes corren sobre él. El atleta traga saliva y continúa su camino hacia las gradas, donde esperará ansioso el momento en que su entrenador le dé la orden de iniciar el calentamiento.

Definitivamente el comenzar a mover el cuerpo ayuda al atleta a disipar un poco de los nervios que lo invadían hacía unos pocos minutos. Mientras trota suavemente en los alrededores de la pista, el atleta comienza a sentir confianza en sus piernas. Se sienten ligeras y fuertes, con una gran energía contenida, lista para ser liberada. Tras visualizar una vez más la carrera, el atleta escucha por última vez las indicaciones del entrenador: Mantenerse bien colocado, no encajonarse, no dejar que se escapen los líderes, no tomar la delantera si no es necesario, aguantar bien hasta los últimos 150 metros y dejar ir todo en los últimos 100. Al escuchar atento las indicaciones, el atleta no puede evitar notar la intensidad reprimida en los ojos del entrenador, quien, probablemente, se encuentre tan o más nervioso que él mismo. Una mirada profunda, que transmite más que un sentimiento o un estado de ánimo. Una mirada en la que bien explorada, se pueden encontrar largos meses de arduo trabajo y dedicación mutuos, llenos de kilómetros de esfuerzo, listos para ser puestos a prueba con dos vueltas a la pista.

Con la mente totalmente revuelta entre emociones, el atleta realiza los últimos trámites para poder competir. Se acerca tímidamente a la puerta de acceso a la pista y murmura su número de inscripción suavemente después de comprobar que ésos eran los dígitos que estaban impresos en el papel que tenía pegado al pecho. Acto seguido, ya sobre el pasto que rodea a la pista, busca un lugar en dónde poder dejar los tenis de ruta para cambiar a los spikes. Mientras lo hace, su mirada comienza a encontrarse con la de otros corredores que probablemente serán sus rivales durante la carrera. Algunos, los más inseguros de su entrenamiento, le preguntan con una nerviosa sonrisa en el rostro por su marca personal. El atleta les responde honestamente y pregunta de vuelta, sabedor de que, probablemente, la respuesta que reciba estará lejos de ser un hecho. Una sonrisa se dibuja en la cara del atleta, quien le resta importancia a las palabras de su rival, y se dirige a realizar los últimos arrancones a las orillas de la pista.

Tras realizar el último sprint de calentamiento, el atleta se enfrenta a una paralizante realidad: Ya no son los duros entrenamientos de pista, ni los largos kilómetros recorridos en las distancias lo que lo separan de la carrera. Ahora ya no hay que recorrer más kilómetros, sólo habrá que esperar a que pasen cinco cortos minutos para que se dé el disparo de salida. El juez pasa lista por última vez. Todos los competidores están presentes. Posteriormente, un segundo árbitro ordena a todos los corredores en la línea de salida. Son más de quince, por lo que la salida será en carril libre. Algunos gritan para soltar una fracción insignificante de la presión que han acumulado en los últimos días. Nuestro atleta, silencioso, espera el disparo de salida mientras su mirada se mantiene fija en la línea que marca el inicio de un demandante recorrido.

La segunda parte aquí

  • Jenny

    Que buen artículo, nunca había reflexionado en los sentimientos tan personales que pasan por la mente de un corredor antes de vivir el “gran momento”.

  • Verónica

    ¡Que buen artículo! Realmente vives el relato, lo vuelves a leer y otra vez…te atrapa!!!